Tina Stromsted

Re-habitando el cuerpo

“Los símbolos del self surgen en las profundidades del cuerpo”
C.G. Jung

La gente acude a Psicoterapia Orientada al Cuerpo para volver a conectarse con sus instintos, reafirmar sus sentimientos, desarrollar relaciones más sanas y explorar actitudes más satisfactorias. Desean aprender cómo incorporar sus valores más profundos. A lo largo del tiempo adquieren una imagen corporal más real. Aprenden a aceptarse y a quererse así como son, conectándose con una energía de vida que es mucho más profunda y significativa de lo que ellos anteriormente sabían.
Los traumas físicos y emocionales no resueltos quedan plasmados, latentes, en el cuerpo hasta que se los puede traer a la conciencia. Como Psicoterapeuta Corporal y Danza Terapeuta, invito a la gente a volver a entrar y experimentar el cuerpo a través del movimiento, de la relajación, de la respiración, del sonido, del trabajo con los sueños, a través del arte, de la escritura y otras formas de trabajo creativo . Pronto surgen historias profundamente enraizadas en sentimientos y creencias, historias que buscan expresarse para poder ser experimentadas conscientemente, cuidadosamente recibidas, examinadas y reintegradas a la identidad de la persona.
En mi trabajo busco unir la experiencia actual del individuo con estructuras interaccionales tempranas que tuvieron un impacto importante en su cuerpo, en el sentido de sí mismo y en su habilidad para relacionarse con otros. “No crecemos completamente por nuestros medios”, dice Stanley Keleman, “sino como cuerpo dentro de un medio o matriz particular.”. Cómo somos tratados, y cómo respondemos, las formas de nuestros cuerpos y los mensajes que obtenemos de ellos, toda esta información tiene su impacto en cómo nos formamos y vivimos nuestra vida. Nuestra estructura, posturas, gestos, lenguaje, imágenes y sueños, son todos un reflejo de nuestra historia y de nuestro proceso interno. Las heridas ocurren en el contexto de nuestras relaciones y es justamente dentro de ellas que el proceso terapéutico debe tener lugar. Sensibilidad, honestidad emocional, intuición y una confianza siempre creciente en nuestra experiencia constituyen la base de este trabajo.
Formas de Aproximación

Existen diversas maneras de abordar Danza/ Movimiento Terapia. En el presente estudio las divido en dos categorías principales: formas de exploración del movimiento que son pautadas y dirigidas, y aquellas mayormente autodirigidas, como en el enfoque de Movimiento Auténtico. Las intervenciones también pueden cambiar de dirección en el transcurso de la terapia a medida que la persona desarrolla más conciencia respecto de sí misma. Cuando esto ocurre, la terapia progresa desde un enfoque pautado y dirigido hacia uno más abierto y autodirigido. La elección del método depende de lo estable que sea la estructura egoica del individuo y de la capacidad de recursos que posea, además de tener en cuenta aquello que se ajuste mejor a las necesidades de la persona en ese momento. Cuando el ego es frágil, las defensas son bajas, la persona es fácilmente abrumada por las emociones provenientes de su interior y por los estímulos externos, los movimientos del cuerpo así como el rango de respuestas son limitados; por lo tanto, orientar a la persona con estas características hacia movimientos estructurados puede ayudarla a sentir más seguridad a medida que incrementa la percepción de sensaciones corporales antes prohibidas. También ayuda a ampliar el repertorio de movimientos y a expandir el espectro de sus emociones. De esta manera el individuo desarrolla una mayor capacidad para reconocer nuevos modos de interactuar con el mundo.
En el otro extremo, hay personas que están separadas de su vida interior y se sienten insatisfechas por su incapacidad de relacionarse con los demás de manera más genuina, pero son capaces de confrontar sus pensamientos, fantasías y sentimientos prohibidos en un contexto no estructurado. Para ellos, Movimiento Auténtico puede ser de gran ayuda.

Mary Starks Whitehouse fue quien primero desarrolló esta práctica con raíces en la danza y en los principios de Imaginación Activa de C.G. Jung . Esta práctica permite a la persona percibir más plenamente aquellos sentimientos, sensaciones corporales, impulsos de movimiento e imágenes que pudieran estar presentes. En esta forma de trabajo, en la cual el movimiento puede ser el correlato de la libre asociación, se pide al individuo que encuentre un espacio en la sala, desde donde escucharse internamente, y desde allí permitirse ser movido por la experiencia de su cuerpo, sin plan previo y sin actuar. Los ojos están cerrados para reducir distracciones. No hay música, ni coreografía, ni un programa a seguir, ni un modo de moverse correcto o incorrecto. En su lugar, hay una atención y un entregarse a los propios sentimientos y a los ritmos internos, y una auténtica respuesta. De este modo, la persona tiene más conciencia y más capacidad de “habitar” lo que está sucediendo en su cuerpo, en lugar de intentar controlar el proceso para que resulte de acuerdo con viejos patrones o nociones acerca de “cómo tendría que ser”. Deseando comprometerse conscientemente con la experiencia corporal, uno se entrega al misterio de no saber que vendrá – confianza que permite el emerger de nuevo material a ser explorado. Durante el proceso, el terapeuta / testigo se sienta a un lado del espacio. A pesar de tener sus ojos abiertos, “no está ‘mirando a’ la persona que se mueve, sino que es testigo, está escuchando, brindando una calidad específica de atención o presencia ante la experiencia del que se mueve”. En el espacio seguro que se ha creado, la persona puede escuchar en profundidad y seguir la guía de su imaginación e impulsos de movimiento, confrontando directamente material inconsciente a través del cuerpo.
El material que surge durante este proceso puede ser luego integrado a través del intercambio verbal con el/la terapeuta / testigo. Si la persona lo desea, el/la testigo responde a lo visto, sentido o imaginado, sin abrir juicios ni interpretación alguna. Su tarea es la de estar atento/a a su experiencia a medida que es testigo del otro. Deberá reconocer y contener cualquier elemento de contratransferencia, o de identificación proyectada que pudiera surgir, trabajando con estos elementos para obtener mayor claridad en la terapia. Asociaciones con material de la historia personal, con las situaciones de vida actuales y con una forma de relacionarse, ayudan al individuo a integrar aún más aquellos insights que emergen directamente de las experiencias que guarda su cuerpo. Cuando resulta apropiado, se puede ampliar el material a través de mitos y cuentos de hadas. Esta amplificación puede ser de gran ayuda para que la persona se sienta menos aislada y más significativamente enraizada en historias, ritos de pasaje y otros temas de carácter universal que han existido a través del tiempo y la cultura. Otros recursos artísticos como la pintura, la escultura y la escritura también pueden ayudar en el proceso de hacer consciente material del inconsciente.
Este trabajo es, con frecuencia, poderoso y reafirmador, ya que puede devolver a la persona su sentido interno de autoridad y la voz con que comunicarlo. Bloqueos en la propia capacidad creativa pueden liberarse, restableciendo una sensación de esperanza y una nueva dirección en la vida proveniente de una profunda fuente interna. El proceso también desarrolla la capacidad de estar presente, tanto para uno mismo como para el otro, a través de una relación más vital, corporizada y cada vez más consciente.

Daniel

“Inherente al ser de la cultura occidental es el profundo anhelo de poder ser mirados así como somos por el otro”
Janet Adler

Esta historia ilustra el enfoque de Movimiento Auténtico y trata sobre un hombre que participó en un grupo de doce hombres y mujeres de entre veintiocho y cincuenta y cuatro años.
El encuentro se llevó a cabo en una sala amplia de grandes ventanales. Después de un breve caldeamiento, invité a los participantes a encontrar un lugar en el espacio, donde cerrar los ojos, prestar atención y seguir sus sensaciones corporales, impulsos de movimientos, imágenes y/o sentimientos. Dibujar o escribir a menudo continuaba a las sesiones de movimiento, asistiendo en la transición al relato.
De talla mediana, alto, delgado y ágil, “Daniel” era un hombre bastante tímido aunque por momentos juguetón, de unos treinta años. Decía que continuamente se involucraba en conversaciones triviales con sus pares afirmando que esto lo cansaba. Luego de su experiencia inicial en el grupo tuvo un sueño, en el que estaba sentado en un bote a remo en medio de un mar muy profundo, aterrorizado de “mecer el bote” y caer, porque entonces sería devorado vivo por una enorme ballena blanca. También contó que su madre había sido invasiva y físicamente abusiva. En otro sueño tuvo que frenarla usando sus codos para evitar que lo mirara desnudo. Se dio cuenta de que por algún tiempo sintió que nunca había podido escapar a su mirada; ha continuado viéndola mentalmente y leyendo sus expresiones, para poder saber cómo actuar o cómo interpretar sus sentimientos. Después de unas pocas semanas de trabajo, Daniel descubrió que su madre se había convertido en un poderoso referente interno, y a la vez en fuente de dolor, de recuerdos fragmentados y de muy baja autoestima.
Durante la primera etapa del trabajo, Daniel pasaba largo tiempo en posición fetal sobre el piso, algunas veces inmóvil y congelado, y otras acunándose. Cada tanto intentaba pararse, pero una y otra vez se encontraba volviendo a la posición inicial, para terminar de rodillas con la frente en el piso y sus brazos a veces rodeando su tronco o cubriendo su cabeza. Aprendiendo a permanecer con los sentimientos y sensaciones que experimentaba, descubrió que esta posición expresaba un profundo dilema: por un lado se sentía seguro en aquella postura, pero por el otro se sentía incapaz de expresar el miedo y el enojo que nunca había podido expresar en su casa al crecer. Se dio cuenta de que se estaba escondiendo de sí mismo y de los demás por “miedo a ser rechazado” por ser quien era. Sintió que esto surgía de no haber tenido un lugar seguro en su niñez para poder demostrar sus miedos y enojos.
A partir de este insight, surgieron dos personajes en la imaginación y en los movimientos de Daniel. El primero era un ser enorme, caprichoso e irresponsable, a quien no le importaba nada de los demás y hacía cuanto quería. Daniel sentía pena y a la vez repulsión por él. El otro era el de una persona estoica y fuerte. En determinado momento Daniel corporizó a la primer criatura caprichosa, gozando al pensar que merecía cuanto quería. Se permitió ser hostil con los testigos del grupo, dando lugar en su cuerpo a aquello que había querido ocultar a los demás y descubriendo el alivio que significaba ser tan “malo”.
A este movimiento le siguió la aparición del estoico. De pie, alto y erguido, Daniel cruzó los brazos sobre el pecho con aire autoritario. Con la cabeza en alto, empujó el mentón hacia el cuello y sacudió el índice ante una figura imaginaria. “Me molesta volver al estoico. ¿Tengo necesidad de hacerlo?”, se preguntó. “Me siento como el niño al que le detienen su juego abruptamente. Vuelvo a ser la criatura indolente, estoy enojado. Quiero ser uno o el otro. No hay lugar para los dos. El enojo brota de mi vientre y siento una presión en el pecho. Esta responsabilidad que necesito cargar me pesa en el corazón. Me siento atrapado entre el fuego del enojo en el vientre y el peso del dolor en el corazón”.
Siguiendo el calor que halló en el vientre mientras se hacía una pelota o “el que se escondía”, comenzó a golpear el piso con sus puños. Al principio, los golpes eran suaves, pero luego se volvieron más audibles y firmes, con un ritmo definido. Encontró que esta posición no era suficiente para expresar lo que sentía, entonces se sentó buscando una postura que le ofreciera seguridad, y a la vez la posibilidad de manifestar su enojo. Con las piernas cruzadas, casi en posición de loto, se inclinó hacia delante entregando el peso del cuerpo a los puños. En esta posición, fue capaz de sentir el peso de su cuerpo y de las emociones subyacentes detrás del enojo, y golpeó los puños con renovado vigor. ” Sentí furia” dijo después. “Me sentí agresivo y al mismo tiempo fui capaz de reconocer y respetar la necesidad de sentirme seguro. Respeté la armadura que había creado, aún cuando me liberaba del dolor”.
Al término de la sesión de movimiento, una participante del grupo expresó que también sentía la necesidad de esconder quién era. Daniel había escrito en su diario: “estoy cansado de esconderme”. Sensibilizado por las palabras de la mujer comenzó a llorar mientras su cuerpo temblaba. Así permaneció por algún tiempo. Más tarde escribió: “me sorprendió ser capaz de expresar mis sentimientos y no ser juzgado por los testigos. Siento que se operó un profundo cambio en mi psiquis. Antes peleaba con el fantasma de mi madre que abusaba desde mi distante pasado. No podía pelear contra ella. La catarsis hizo que me diera cuenta del verdadero problema detrás de mi madre… el grado en que necesito esconder cosas a los demás. Y ahora me encuentro en este lugar donde puedo trabajar y aprender de mi historia a medida que se va revelando cada vez más. Es como si los personajes del indolente y del estoico estuvieran luchando por encontrar un lugar común.”
En este punto Daniel compartió con el grupo un pasaje de su diario que había escrito la semana anterior: “Tal vez los movimientos sean una forma de diálogo entre el cuerpo y la mente… un intento desesperado por encontrar algo valioso que perdí. La mente está allá arriba mirando a través de un pequeño agujero buscando lo que perdió. Y el cuerpo es una fiera enjaulada, que busca una salida por una puerta que no existe. Soy como un león que de ser soltado, mataría algo. Intento liberarme, escapar del escrutinio de mi mente. Y tal vez, sólo tal vez, mi mente está buscando la llave para liberar a la bestia.”
Siguiendo a esta etapa, Daniel tuvo varios sueños en los cuales se encontraba con su novia, desnudo y teniendo una erección en lugares públicos. Sentía humillación y la necesidad de esconderse. En los sueños, su abrigo caía al piso y se mortificaba pensando que alguien podría verlo, podría ver su virilidad. Tomaba el abrigo y se envolvía con el mismo, como si se colocara un “arnés”. En las experiencias de movimiento que siguieron a los sueños, Daniel alternaba entre la fuerza y seguridad de pararse con el pecho afuera, y el temor. “A veces me siento seguro y otras no”, escribió acerca del dilema. “La sensación es la de estar sentado simplemente esperando que me den los golpes. Quiero defenderme, estar más activo y dinámico. Quiero sentirme fuerte y a la vez a salvo, de manera que es muy importante que encuentre una nueva posición”.
En la siguiente sesión, surgió en Daniel la imagen de una tortuga. Siguiendo la misma, comenzó a cerrarse como una tortuga, doblándose sobre sí mismo y cubriendo el corazón con los brazos; meciéndose como si fuera un bebé. Retomó el movimiento del balanceo, sintiendo a la vez ser el bebé que es mecido y la persona que mece. Flexionó las rodillas, y juntas las llevó al pecho, cerrando la entrepierna y las caderas. Dijo que no se sentía más “débil” en esta posición de lo que se sentía cuando estaba de pie, de manera que se paró.
Daniel nos describió esta experiencia: “Retorno a la posición en la que estaba inicialmente, sólo que esta vez reconozco la verdadera naturaleza de esta postura. Quiero mostrar quien soy. Paulatinamente quiero dejar de esconderme… de mí mismo y de los demás, pero necesito sentirme seguro y protegido. ¿Cómo lo lograré?, me pregunto. Es entonces cuando escucho la voz de Tina alentándome a escuchar mi cuerpo y a confiar en que él me ayudara a encontrar la respuesta. Mis brazos se mueven en círculos por encima de mi cabeza y alrededor de mi cuerpo. Inhalo y exhalo profundamente en cada círculo. Finalmente, mis brazos descansan sobre mi vientre, en lo que sería una posición de arte marcial. No como si dijera “Este soy yo, fuerte desafiando al mundo”, sino más bien, “Aquí estoy, fuerte, listo para defenderme si lo necesito pero… preferiría ir a tu encuentro. Sonreí ante la experiencia de esta nueva sensación, un espacio seguro y confortable entre la necesidad de esconderme y la de abrirme y soltar todo aquello que sentí la necesidad de esconder.”
En la siguiente sesión de movimiento, Daniel tuvo la imagen de ser un escorpión, “retorciéndose y arrastrándose sobre el piso, con las pinzas y la cola paradas ante un enemigo desconocido.” Como testigo, me sentí energizada, viva, poderosa y activa. Al mismo tiempo tenía la sensación de mi propia quietud, y sentía mi eje fuerte corriendo por mi columna hacia la tierra. Cuando me pidió una respuesta, le conté mi experiencia, y agregué que mientras él se movía, sentí que podía estar allí, con él, testigo de su poder y de su furia, sin interferirlo y sin abandonarlo. Abrió grandes los ojos y lanzó un fuerte suspiro, al tiempo que una sonrisa cubría su rostro.
En el transcurso de su trabajo, Daniel adquirió más confianza en sí mismo, con más disposición para hablar en grupo, el tono de su voz devino más profundo, haciendo menos uso del recurso del chiste o de la broma que automáticamente antes empleaba para relacionarse con los demás. Aseguró sentirse más capaz de afirmar los límites, y más tarde compartiría conmigo que, siguiendo las sensaciones que surgían de sueños e imágenes corporales, pudo por fin elegir una carrera, elección que antes le había sido tan difícil de hacer.
A través de este trabajo, Daniel fue capaz de aceptar la experiencia directa de su cuerpo. Aprendió también a desarrollar un “testigo interno” con más capacidad para discernir, y reflexionar sobre su propia vida. A medida que sus estados emocionales pudieron surgir y hallar expresión, se volvió más compasivo y analítico en sus opiniones. No era más presa de sus estados de ánimo, que le impedían darse cuenta y tomar decisiones hasta que la tormenta hubiera pasado. Como sucede casi siempre en esta forma de terapia, la herida se transformó en el pasaje al que había que volver y atravesar para que la curación tuviera lugar.
Reflexiones

Una de las consideraciones más importantes — y una de las que creo se obvian en las psicoterapias verbales — es la de recordar que no sólo hay dos psiquis en el consultorio sino también dos cuerpos. Cuando trabajo con alguien, escucho la música que nace del trabajo mientras suena entre los cuerpos y en la imaginación de ambos, ayudándome a profundizar mi habilidad para escuchar las muchas voces que utiliza el self para expresarse. El interrogante que se plantea es cómo nosotros los terapeutas, podemos aumentar la conciencia corporal y la comodidad de estar en nuestros cuerpos, de manera de poder transmitir esto a nuestros clientes y poder evitar imponer inconscientemente límites en la dirección del trabajo. Tomar conciencia del impacto del trabajo en el cuerpo del terapeuta, es un paso importante en esa dirección.
La psicoterapia de movimiento es un proceso en donde cuerpo y alma se rehacen, en donde cuerpo y psiquis, materia y espíritu, se unen y generan una nueva forma. Es un proceso creativo de revelación, que ofrece un acceso a uno mismo y a la comunidad más enriquecido. Aquello que más me conmueve tiene que ver con la presencia corporizada, con cómo se despierta y crece. Me maravilla la riqueza de la vida cuando la experimentamos a través de nuestros sentidos. Y confío en el poder de esta sabiduría para inspirar nuestra participación espiritual, unos con otros en el mundo natural. ¿Bailamos?
Notas

El presente artículo, en su versión original más extensa, ha sido publicado con el título: The Dance and the Body in Psychotherapy ¬ Reflections and Clinical Examples, en The Body in Psychotherapy. Johnson, D.H & I.J. Grand (Eds.), 1998, Berkeley & San Francisco: North Atlantic Press & California Institute of Integral Studies. Traducido al castellano, con permiso de la autora y de la correspondiente editorial, por Karin Fleischer (M.S en dance/movement therapy) con colaboración de Patricia Puppo.
Tina Stromsted, Ph.D., ADTR, es co-fundadora y docente en The Authentic Movement Institute, enseña Psicología Somática en CIIS y otras Universidades y tiene su práctica privada en San Francisco, CA.
Tina Stromsted, “Re-inhabiting the female body” Somatics, Vol.X.No1, Autumn/Winter (1994/1995), pp.18-27
Stanley Keleman, entrevista por Tina Stromsted en “Dreamdancing: The use of Dance therapy in Dreamwork.” Master’s thesis, John F. Kennedy University, 1984, p.116.
Mary Whitehouse, “The Tao of the Body”, op. Cit., pp.239-251: “Physical Movement and Personality”. Conferencia presentada en “The Analytical Psychology Club” de Los Angeles, 1963.
Joan Chodorow (ed) “Encountering Jung: Jung on Active Imagination” (Encuentro con Jung: Jungy el principio de Imaginación Activa) Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1997; “Dance Therapy and The Transcendent Function” (Danza Terapia y la Función Trascendente), American Journal of Dance Therapy, Vol.2. No.1 (1978), pp.16-23.
Janet Adler: “Who is the Witness?” (¿Quién es Testigo?) Contact Quarterly, Winter 1987, p.21
.
Este artículo fue publicado en “Kine, la revista de lo corporal” marzo-abril de 2003.